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Full text of "Cuentos Camperos"

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Santiago Maciel (1865- 1931) 

La tapera 

El ejército acampó al anochecer en la falda de la sierra. La gente, 
rendida por las marchas y contramarchas, — apenas vibró el toque 
de clarín deseado — , experimentó inusitada alegría y de todas par- 
tes surgieron rumores de risas y conversaciones. Un día entero de 
trote y galope a través de las llanuras; internándose en los montes 
inextricables; atravesando las picadas y los pasos de los grandes 
arroyos, en persecución de aquellos revolucionarios que se desva- 
necían como soldados-fantasmas, no dejando otras señales de su 
existencia que los humeantes fogones y la carne soasada, que no 
tuvieron tiempo de aprovechar, hostigados por el enemigo impla- 
cable; después la lluvia que caía desde la madrugada, — lenta, como 
todas las lluvias largas — , les tenía maltrechos y calados. Por eso, 
cuando se dio la orden de desensillar, los pobres "milicos” se apea- 
ron de un golpe, torciendo los ponchos que les pesaban enorme- 
mente sobre Jas espaldas — , de cuyos extremos chorreaba el turbio 
líquido, coloreado por el tinte de la bayeta. Los caballos, ávidos de 
hierba fresca y jugosa, sacudieron las crines al sentirse libertados 
de las cinchas y las caronas, echando vapor al quitarles las bajeras, 
embarradas las colas, sumidos los ijares. Algunos se revolcaron sobre 
el trébol, entre cuyos tallos el agua resplandecía; otros permanecie- 
ron inmóviles, con las cabezas gachas y lánguidos los ojos, aplas- 
tados por la debilidad y el trabajo, — y no eran pocos los que 
devoraban el pasto, arrancándole de raíz con feroces dentelladas. En 
la penumbra, se percibió el resplandor de los fogones; un llamear 
rojo, vacilante, que se extendía como un collar de fuego rodeando 
la garganta de la sierra. Pronto el humo de la leña mojada, se espar- 
ció como una inmensa nube gris que flotaba sobre el campamento, 
llenando hasta los intersticios de las rocas. Era un ejército disci- 
plinado a la antigua usanza, compuesto por elementos de todas las 
cataduras, — en su mayor parte paisanos arrancados a viva fuerza 
del hogar; chacareros refractarios a la milicia, y objeto de cons- 
tante vigilancia, sometidos aparentemente a su destino, pero siempre 
en acechanza del momento oportuno para huir hacia el monte o 
en dirección ai "pago”, a fin de ver, aunque por breves instantes 
a sus familias, terminando por ocultarse en sitios seguros adonde 
no pudiera llegar el olfato de los cazadores de hombres. 

Entre los más perseguidos, se hallaba Nazario Zerpa, — gaucho 
joven, de aspecto agradable, de alta estatura y bien conformado. Sus 
cabellos obscuros y lacios y su barba puntiaguda le daban el aire 
de un pueblero en traje de campo. Era nervioso y resuelto, a pesar 
de la expresión melancólica de sus ojos. Hacía un año que se había 
casado, cuando estalló la revolución. Poseía un pedazo de campo - — 
media "suerte” y alguna hacienda mestiza. El mismo construyó el 
"rancho” en que habitaba y "alambró” la chacra. Su compañera, una 
excelente muchacha, muy simpática y activa, le ayudaba en la for- 
mación de aquel nido, realmente feliz, porque ambos se querían, y 
además ninguno de los dos era ambicioso. ¿Qué otra cosa podrían 
desear si ya lo tenían todo? El amor y el bienestar idealizan la 
vida, cuando menos, suavizan sus asperezas, y Nazario, fortalecido 
por su dicha, no tuvo jamás temor al trabajo, porque sabía que 
su afán encontraría suficiente recompensa. Aquella linda criolla no 
conocía el refinamiento de las caricias, pero ¿quién podrá sostener 
que el oro deja de ser un metal precioso, porque no se ha puri- 


ficado en el crisol? Era huérfana, nacida en parajes muy lejanos. 
Nazario la conoció en casa de una parienta, a cuyo lado se crió 
desde niña y se unió a ella, trayéndola a sus 1 pagos”. Tenían un 
hijo, complemento o acaso plenitud de su alegría. Pronto, las mentas 
de aquel matrimonio dichoso, se difundieron y la prosperidad de 
que disfrutaban, no dejó de incomodar a más de un vecino envi- 
dioso, porque aunque los "ranchos” estén separados por muchas 
leguas, el gaucho sabe lo que pasa en cada uno de ellos. 


Mientras los soldados elegían los mejores lugares para res- 
guardarse de la lluvia, Nazario permaneció al abrigo de un peñasco, 
indiferente a todo, porque se hallaba tan desalentado que no se 
preocupaba ya de atenuar las contrariedades de su vida. Su obsesión 
permanente, era volver al "rancho”, atacado del mal de la "que- 
rencia”. Había desertado dos veces sin éxito, pues le alcanzaron en 
mitad del camino, aplicándole después humillantes castigos, que 
sufrió, rechinando los dientes, transformado en una bestia salvaje. 
De su mujer nada sabía. Hacía un año que lo habían separado de 
ella y sólo tuvo noticias por intermedio de un "bombero” que pasó 
cerca de su "estancia”. El ejército se alejó a más de treinta y cinco 
leguas del paraje, y era locura, según su expresión, hacer indaga- 
ciones al respecto. 

Bajo la fina lluvia de aquel crepúsculo invernal, sus tristezas 
aumentaron y el cuadro de su felicidad interrumpida, se reveló 
distintamente en su memoria. Recordó la consternación de su mujer 
y el llanto de su hijo, cuando le obligaron a marchar, montándole 
violentamente en el caballo, arreándole, como si fuera un malvado, 
a él que no tenía ni opiniones políticas siquiera. Pero lo primero 
que hizo el coronel Maya, caudillejo local, torpe y vengativo, apenas 
le dieron mando, fue sacarle de su casa, "pa que sirviese a la 
causa como tuitos”. 

— Se ha créido este gaucho, decía, que porque está enrielao, 
va a andar cuerpeándole al peligro? Lo he de crestiar en cuanto 
hinche el lomo. 

Nazario, aunque comprendió la inutilidad de toda resistencia, 
se dispuso a no entregarse, diciendo: 

— Al que me toque, le vi a hacer un ojal en el cuero, pa que 
sepan respetar al hombre de trabajo. Usté, coronel, lo que quiere 
son mis vacas. Puede llevárselas; no ande con tantos rodeos pa 
cumplir sus mañas. 

No había concluido de hablar, cuando se sintió apretado por 
la espalda y atado codo con codo; luego lo treparon en el caballo 
y el sargento Nemesio Nieves, un gaucho de cara felina, defor- 
mada por los tajos, tomó las riendas y arrastró al animal, llevándole 
"de tiro”, mientras un soldado le aplicaba rebencazos en las ancas. 
Al bajar la cuesta, Nazario miró hacia atrás, y vio a su pobre mujer 
llorando y abrazada al pequeñuelo. Un dolor infinito que no pudo 
reprimir, humedeció sus ojos, y lloró también, como hombre, aho- 
gando los gemidos, aunque sin ocultar su desesperación y su rabia. 
Maya, profiriendo amenazas, mandó a su gente que le siguiera y 
cruzó el campo a galope tendido, cortando los alambres que se le 
oponían al paso, buscando su incorporación al ejército. 

Después de varios días de marcha, dio orden de desatar al 
preso, colocándole en medio del escuadrón para que no se escapase; 
pero esta medida no dio resultado, porque una mañana, al pasar 
el río Negro, un grupo de revolucionarios sorprendió a la columna, 
la que viéndose atacada tan inesperadamente, se dispersó en todas 


direcciones. Zerpa aprovechó la ocasión y se dirigió al monte. En 
él se quedó durante algunas horas, y cuando llegó la noche salió 
de su escondrijo sigilosamente; pero antes de aclarar se encontró 
con algunos dispersos. Reconociéronle en seguida y le prendieron. 
El capitanejo del piquete le apostrofó, escarneciéndole con palabras 
hirientes, haciendo mofa de su amor a la familia y para divertir a 
la soldadesca, le dijo riéndose: 

— No pene tanto, amigazo, por su china, porque si es fiel... 
ha de estar con otro. 

Zerpa, dominando la algazara que produjo la broma, gritó in- 
dignado: 

— Miente, trompeta. Mi mujer no es rejugada como la suya. 

Este acto de rebelión, estimuló la oficiosidad del gauchaje, 
pronta a manifestarse en favor del jefe, y el prisionero fue agre- 
dido a "planchazos”. 

En otra ocasión, durante un "entrevero”, mientras los soldados 
lanceaban y eran lanceados, Zerpa disparó a la vista de todos, 
pero como no le quitaban los ojos de encima, le hicieron volver 
cara, obligándole a que pelease contra su voluntad, a ver si así le 
mataban. De ese modo no daría más trabajo. El, completamente 
descorazonado, al ver frustrado su intento, seguro de que aquellos 
desalmados no le dejarían nunca libre, atropelló, poniendo su cuerpo 
al alcance de las puntas y de los filos, deseando morir cuanto antes, 
pues creía que sólo de esa manera podría substraerse a su intermi- 
nable agonía. Pero, aunque se obstinó, las "medias lunas” le respe- 
taron, y apenas sacó de la refriega algunas heridas leves y desga- 
rrones en las ropas. 

— Dios quiere que siga sufriendo, exclamó, hasta que yo mesmo 
me corte el ñudo. ¡Suerte perra! 

Para aquella gente, que guerreaba por inclinación de tempe- 
ramento o por hábito, más que por amor a la divisa partidaria, 
— el gauchito desertor era un "renegao” de la patria, indigno de 
toda consideración — , y hasta le tenían por cobarde, porque no le 
habían visto acometer ninguna empresa arriesgada, y por el con- 
trario, únicamente tomaba parte en la lucha, cuando ellos le impe- 
lían, envolviéndole en las cargas, cuando los lanceros cruzaban raudos 
el campo de pelea, estremeciéndolo con el tropel de sus bridones y 
haciendo flamear las banderolas, fuertemente prendidas a las astas. 
Sólo así, él aflojaba las riendas, sin temor a la muerte, y sin ánimo 
de herir a nadie, traído y llevado en el turbión de jinetes, como 
un gajo marchito que arrastra la corriente impetuosa, sin poder 
oponerse a la ley fatal que le empuja. El general en jefe del ejér- 
cito, un militar ignorante, con fama de "guapo”; gordo, petizo, semi- 
paisano, a quien Nazario se presentó un día, protestando del mal 
trato que le daban, contestóle en breves palabras: 

— No me venga con quejas. Usté mesmo tiene la culpa, porque 
anda siempre retobao y mascando el freno. 

¡Qué responder! Comprendía que su reputación de mal sol- 
dado se había extendido, como si él pretendiera sentar plaza de 
"milico”; como si lo que quería, lo que era un sueño de todas las 
horas, no fuese regresar a su "rancho”; como si lo que buscara 
fueran glorias militares, ni nombre de valiente! Su familia, su pedazo 
de tierra labrada, eran parte constitutiva de su felicidad, y hasta 
que su deseo no se realizase, no habría resolución bastante poderosa 
para dominar los impulsos de su corazón y para doblegar su volun- 
tad de hierro. Sabía que se le consideraba como un elemento per- 
turbador en el seno de aquel montón humano, que estaba unido 
por el vínculo de sus tendencias destructoras, movido por el afán 
de matar, blandos al capricho del caudillejo que les mandaba con 


imperio y que les había despojado de todo sentimiento, de toda 
afición a la vida del hogar y del trabajo. En hora buena que prac- 
ticaran lo que se les antojase, pero ¿por qué le habían de imponer 
a él el gusto de los otros? No quería servir a nadie, para eso 
era hombre libre. Estaba resuelto a que su situación cambiara, y a 
pesar de todo, se desertaría nuevamente, aunque le matasen en el 
camino, cósa que harían, sin duda, porque el jefe se lo había adver- 
tido, y era un tigre que no perdonaba. 

Dominado por estas ideas, cuando el ejército se detuvo para 
acampar, experimentó profundo desconsuelo, porque se hizo cargo 
de la inmensa distancia que le separaba de su choza. Además, la 
lluvia que continuaba cayendo y que probablemente seguiría, multi- 
plicaba los obstáculos. Los campos estaban inundados. Los ríos y los 
arroyos crecidos, no darían "paso”, y tendría que atravesarlos a nado, 
exponiéndose a que la "correntada” lo estrellase en los troncos de 
los árboles caídos. Y mientras la gente preparaba el rancho y exten- 
día los recados en los rincones más secos de los altos pedregales, 
él proseguía meditando su plan de evasión. El cabo de su compañía, 
un paisano conversador, para quien la guerra tenía atractivos irreem- 
plazables, ya que como "entenao” de la fortuna no esperaba, poseer 
otro bien que el campo raso, ni más ganado que las vacas ajenas, 
al tiempo de encender las charamuscas que amontonara entre el 
hueco de dos piedras, le dijo entre serio y alegre: 

— Mire, amigo Zerpa, hace mal en andar alzao. Hay que aga- 
charse a la suerte y estirarse hasta ande le llegan las cubijas. ¿Se 
ha figurao que yo he sido siempre Juan sin Patria? Un tiempo juí 
como usté, pero el destino me guasquió de lo lindo, y ahura he 
criao cáscara nueva. Si en ésta no me aujerean el pellejo, de juro 
me moriré, pero siempre soldao. 

Nazario oía la retahila del cabo, sin poner mayor atención. 
¿Para qué iba a replicar, si el otro no le entendería? Se limitó, 
pues, a decirle, por no ser descomedido: 

— iQué quiere, cabo — cada uno es como su madre lo ha hecho! 

La lluvia había disminuido un poco y el viento arreciaba, 
barriendo los densos nubarrones, y silbando en las aristas de las 
piedras, que como bastiones en ruinas, llenaban los declives. La 
humareda del campamento, se arremolineaba, desgarrándose en las 
ramas de los "mataojos” corpulentos. A lo lejos, oscilaba la luz de 
un fogón, recién encendido y de un recodo de la cuchilla, venía 
un rumor permanente de agua, como si el caudal chocara al caer, 
en los "blocks” gigantescos de granito. La noche era muy obscura, 
por cuyo motivo resultaba dificultoso el tránsito entre aquellas sen- 
das, cubiertas de maraña, donde la "espina de la cruz” teje su red 
erizada de púas, y el musgo verdoso cubre totalmente las rocas. 
Zerpa podría esconderse en alguna de aquellas grutas laberínticas, 
madrigueras de animales nocturnos, cuevas tenebrosas, cuyas aber- 
turas él conocía, apenas disimuladas por los matorrales hirsutos y 
ralos que arraigan en las grietas, entrelazados a la "márcela” dorada, 
enredados a las tunas raquíticas, pero su propósito no era ocultarse 
sino irse definitivamente. El sabía que un hombre podía pasar su 
vida entera pernoctando en las quebradas, en los antros de piedras, 
grandes como casas, por entre cuyas gargantas el agua corre con el 
fragor de un torrente, a veces sin que nadie atine a saber por dónde 
se precipita, ni en qué lugar misterioso se halla la fuente de donde 
mana; pero él no era ni "matrero”, ni forajido. Para quedarse allí, 
prefería seguir en el ejército. De modo que a eso de la media noche, 
cuando calculó que la soldadesca, vencida por el cansancio, dormía 
profundamente, se levantó con cuidado y antes de moverse observó 
atentamente a su alrededor. En la lobreguez de las sombras, su 





mirada no alcanzó a gran distancia, pero le pareció que por esa 
vez, sus cuidadores se habían olvidado de vigilarle. Algunos fogones 
semiapagados, brillaban de vez en cuando en medio de la espesa 
obscuridad. 

De un "rancho” distante llegaba el eco de un ladrido insistente 
y un caballo suelto relinchó a pocos pasos. A su espalda, se empi- 
naba la inmensa mole de la sierra, al parecer inaccesible, silenciosa, 
como si estuviera deshabitada. Una piedra colosal casi suspendida 
en el aire, le produjo una impresión de frío, pues no sería extraño 
que el huracán la precipitase desde aquella altura, despertando a 
rodo el ejército con el estrépito espantoso de su caída. Al fin se 
movió con lentitud y pisó la primera senda que penetraba en el 
corazón de las rocas. Subió despacio, tanteando escrupulosamente 
el camino, cuidando de no tropezar con un pedrusco. Al dar vuelta 
un picacho, se quedó inmóvil. El viento "pampero” que soplaba con 
verdadero empuje, rugiendo como una fiera en los acantilados y en 
la boca de los precipicios, entreabrió en ese instante el toldo de 
nubes, y la luz de la luna iluminó las rocas, con un resplandor de 
fuego de Bengala. Aquella aglomeración de puntas, de cerros, de 
pedregales, tenía el aspecto de un vasto cementerio, cuyas lápidas 
habían caído, dejando al descubierto los huecos de las tumbas vacías. 
Los arbustos enanos proyectaban sombras alargadas, semejando 
pequeños fantasmas que arrastrasen sudarios andrajosos. Instantánea- 
mente desapareció la claridad del satélite y Zerpa se puso en movi- 
miento. Delante de él, creyó ver algunos bultos que huían y oyó el 
rumor de carreras precipitadas. Su poncho se enredó en un gajo 
de laurel blanco, y al desprenderse, el cimbronazo espantó a un águila 
que reposaba en su nido. Sintió los recios aletazos al nivel de su 
cabeza, y volvió a tener miedo de que alguien pudiera sorprenderle. 

En un recodo centelleaban las pupilas de un gato montes, como 
dos ascuas en las tinieblas, mientras que a intervalos, cuando el pam- 
pero se calmaba, se oían aquellos ladridos que venían del "rancho”, 
como nuncio fatídico de inevitables infortunios. Ya había caminado 
gran trecho, cuando se detuvo otra vez. Casi tropezó con un hombre 
acostado en la senda angosta. Dio un pequeño rodeo y salvó el 
obstáculo. Agazapado detrás de unos matorrales se quedó un rato, 
para investigar la causa de un ruido y descubrió parte de la caba- 
llada encerrada en una meseta. Era lo que él buscaba, no habiendo 
equivocado el rumbo, pues bien había presenciado la operación del 
encierro, mientras conversaba con el cabo. Allí, cerca de la mano, 
tenía un caballo, atado por el cabestro a una estaca clavada en una 
rajadura de la roca. Se deslizó y desató al animal acariciándole el 
lomo para no asustarle y le llevó consigo, haciendo milagros de pati- 
nación sobre las hendiduras, sobre las pendientes, orientándose en 
aquellos lugares abruptos, cortados por barrancas o por desviaciones 
de las piedras removidas. Más de dos horas empleó en esta cruenta 
jornada, hasta que al fin, casi vencido por la fatiga, llenas de punza- 
duras las carnes, cubierto de espinas, pudo llegar al otro lado de la 
sierra. Lo que se vio en la falda, sobre el pasto muelle y tupido, le 
padeció que se había salvado de una gran desgracia y cobró ánimo 
para seguir ejecutando su resolución. 

Ahora debía galopar costeando la cuchilla, para volver a pasarla, 
dos o tres leguas más arriba, y entonces, marcharía en dirección a su 
"querencia”, buscando los caminos menos transitados, internándose en 
los montes si le perseguían, porque esto tenía que suceder infali- 
blemente en cuanto notaran su ausencia. Montó a caballo, "en pelo” 
y sin riendas, haciendo un "medio bocado” del maneador para suplir 
al freno, y rumbeó al tranco hasta pasar la sierra. En el camino no 
oyó otro ruido que el del viento sacudiendo ks ramas y los cardales 


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escuetos. El aullido de un zorro le pareció un grito humano; al pasar 
un cañadón sintió el golpe de una nutria que se arrojaba desde la 
orilla, viéndola después nadar con el hocico fuera del agua en direc- 
ción a la barranca. Le tenían tan hostigado, que el rumor de las hojas, 
un aletazo, el chirrido de una lechuza, un choque cualquiera, le ha- 
cían palpitar el corazón aceleradamente. Tenía miedo, miedo cerval 
de ser descubierto. Ya había galopado más de diez leguas, cuando 
se paró de pronto, para que su "pingo” resollara. No era propia- 
mente la madrugada, porque aún las tinieblas imperaban sobre los 
campos, pero era esa hora indecisa entre la noche y el alba, en que 
la tenue claridad parece mancharse con la impureza de las sombras. 
Próximo a él se hallaba el río Negro, y el fragor de la "corren- 
tada” le infundió un pavor invencible. ¿Cómo lo pasaría? Maqui- 
nalmente hizo andar al caballo, y al penetrar en el monte, parecióle 
que la noche empezaba de nuevo. No obstante su apuro, quiso espe- 
rar un rato, a fin de distinguir mejor la playa del vado. Un "cane- 
lón” centenario que había volcado el huracán, saltaba como un 
fragmento de corteza a los azotes del agua y en torno de él se 
formaba un turbión de rabiosas espumas. Un bulto informe, que 
parecía un caballo muerto, pasó rápidamente, girando bajo la acción 
de un remolino y en las márgenes, el agua entraba hasta la mitad 
del bosque, cubriendo los troncos de los árboles más altos; a la 
derecha, en medio de la obscuridad, se veía un "claro", como una 
calle entre el ramaje: era la boca de salida, por donde se filtraba 
escasamente el resplandor de la mañana. 

En un arranque de impaciencia, Nazario se arrojó al río, per- 
diendo pie, pero el caballo era muy bueno, y aunque con grandes 
dificultades, logró salvar aquella anchura hirviente, gracias a su 
"baquía”, saliendo por una "picada” distante del paso, pues la vio- 
lencia de la masa líquida le empujó, desviándole de su ruta. Del 
otro lado, se olvidó del peligro en que estuvo, y emprendió el galope 
con el intento de llegar a su casa esa misma noche. Pero no había 
recorrido una legua, cuando al bajar una loma estuvo a punto de 
tropezar con una partida de lanceros que avanzaban al galope. Por 
el color de las banderolas, comprendió que aquellos hombres perte- 
necían a los montoneros, y como él llevaba puesto el traje de sol- 
dado del gobierno, retrocedió disparando. Los otros, al verle dar 
vuelta, le corrieron, y gracias al monte, que en aquel paraje formaba 
una ondulación, pudo salvarse escondiéndose en él. Sus persegui- 
dores, burlados, emprendieron la marcha y él, cuando les perdió de 
vista, salió del escondite, tratando de apresurarse para recobrar el 
tiempo perdido, pero de seguro, por más que se apresurase, no 
podría llegar antes de la madrugada. Entonces, sin poder explicár- 
selo, se sintió invadido por tristeza indefinible. No tenía sino mo- 
tivos para alegrarse, porque a cada brazada de su flete, el camino 
disminuía. Pero no lo podía remediar. De improviso, le asaltaron 
los recuerdos de otros días venturosos, y esto contribuyó a aumen- 
tar su melancolía. Necesariamente, estaba condenado a pasar una 
vida de perros, huyendo de la gente del gobierno y expuesto a morir 
en manos de los revoltosos. 

— Soy un hombre disgraciao — dijo — pero hay que poner 
pecho al destino. 

Y un acceso de coraje, le hizo apretar las riendas, porque cuan- 
do se desesperaba, le venían ganas de matar, como si de súbito, 
debilitados instintos de raza, se posesionaran de todo su ser. Luego, 
pasada la cólera, pensó en que hacía un año que ignoraba la suerte 
de su mujer, de su hijo, de su pobre vivienda. El estado de su 
ánimo, exacerbado por tantas contrariedades y disgustos, se mani- 
festaba accesible a todas las impresiones. Así, pasaba del enojo a la 


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mansedumbre, de la esperanza a la pérdida total de sus ilusiones, 
a medida que su pensamiento era optimista o se ennegrecía a fuerza 
de reflexiones y cavilosidades. Junto al Yí, le sorprendió la tarde, 
una tarde brumosa, sin un solo atractivo, pues ni el mismo campo 
ofrecía el aspecto alegre de otros días, en que los pastizales ondulan 
como un mar de esmeraldas y los chispazos del sol en las aristas 
del pedregal, desbordan una cascada de topacios, zafiros y rubíes. 
Cesaba de llover en ocasiones, para caer el agua con más fuerza, 
en recios chubascos; en los parajes bajos la inundación había ganado 
"campo afuera”, y por casualidad se veía un vacuno, que el hambre 
echaba de la barranca, devorando aquel pasto mojado y sin jugo* El 
cielo estaba totalmente encapotado y en las regiones bajas de la 
atmósfera, se deslizaban nubarrones lívidos, como andrajos descolo- 
ridos por las lluvias. El ancho río, menos temible que el Negro, corría 
con rumoreo monótono, como si las espumas alborotadas, rezongaran 
amenazas incomprensibles, al ser disueltas en los raigones de las 
orillas. El remanso, adormecido en los días luminosos, ahora estaba 
convertido en un hervidero, porque en él entraban las ondas enlo- 
quecidas, sin poder serenarse. Aún Nazario no había llegado a la 
otra margen cuando la noche cayó más negra que nunca. 

Su caballo empezaba a aflojar, cuando creyó reconocer la zona 
en que se hallaba su campo. Era ella. Allí estaba la "pulpería” de 
"lata”; las "mangueras” casi vacías y el "ombú” junto a la cocina, 
extendiendo sus raíces en el patio. La emoción le ahogaba. Más allá, 
descubriría el "rancho” de don Juan el Zurdo, un vasco viejo, que 
vivía como ermitaño, sin otros amigos que su caballo y su perro. 
Notó la ausencia de algunos "ranchos” y la presencia de otros de 
reciente construcción. 

La luz difusa de un alba triste, empezó a clarear en el horizonte 
poblado de nubes. Al dar vuelta por el camino real, se encontró 
con el "alambrado” de su "estancia”. Este se hallaba destruido en 
su mayor parte, quedando solamente los horcones. Entró en su cam- 
po y de pronto se quedó perplejo, como si estuviese desorientado. 
¿Y su "rancho”? No le descubría en ninguna parte. Allí donde 
creía encontrarle, sólo había un lienzo de pared, cubierto de ortigas 
y un montón de adobes desleídos por las lluvias. Los cardales inva- 
dían todos los rincones, y el abrojal crecía soberano, tapando los 
albardones de la chacra. Al débil fulgor de la mañana, pudo obser- 
var el conmovedor espectáculo. Se había detenido junto a las ruinas, 
y a unos pasos, descubrió un mazo de "totora” y algunas "tijeras” 
quemadas. Dudando aún, miró a su alrededor, y comprendió que 
aquel era el sitio donde estuvo su "estancia”. Sintió un vértigo, 
como si hubiera recibido un golpe en la cabeza y necesitó un gran 
rato, para tener otra vez conciencia de su infortunio. ¿Qué había 
sucedido? Estaba anonadado y aunque lo deseaba, no acertaba a 
tomar una iniciativa. Por último, movió al caballo y partió en una 
carrera vertiginosa. 

Cuando se aproximó al "rancho” del vasco, se dio cuenta del 
objeto que le llevaba; se apeó y golpeó la puerta de la choza hasta 
que se la abrieron. De boca de aquel extraño campesino, lo supo 
todo. Una partida de revolucionarios había atacado al "rancho” in- 
cendiándole y robado la poca hacienda que quedaba en los potreros. 
Su mujer y su hijo, sorprendidos por las llamas, no tuvieron tiem- 
po de huir y perecieron. Esa era la historia. Zerpa experimentó 
desesperación, angustia y rabia. Silencioso, con el rostro alterado por 
el dolor, se dirigió a la "tapera”, resuelto a morir cerca de aquellas 
ruinas, que no eran sin embargo, tan lastimosas como las que tenía 
en el alma. Poco antes de apearse, oyó un tropel de caballos. Reco- 
noció a los jinetes, pero ahora nada le importaba que vinieran. Que 


lo mataran. ¡Para qué iba a vivir! Sentado en los terrones, esperó 
a sus enemigos implacables. No se dejaría llevar otra vez al ejército. 
Se resistiría para que le hiriesen. Si no lo hacían, les rogaría que 
lo ultimasen. Pero no tuvo que pedirles tanta conmiseración. Era 
desertor reincidente, y además, ladrón del parejero del general, de 
modo que en cuanto le vieron, le atropellaron, sin desmontarse, 
como si no mereciera el honor de ningún sacrificio. El ni se movió. 
En el instante de ser herido, sus ojos estaban nublados por el llanto 
y cuando cayó exánime, de espaldas, parecía que las lágrimas se le 
habían cristalizado en Jas mejillas. 


Manuel P. Bernárdez (1867- 1942) 

El velorio vacuno 

De flaco, de viejo, de cansado, de aburrido de arar, el pobre 
buey se acostó a morir una mañana en las inmediaciones del corral. 

Lo cuerearon. Aquella piel barrosa, tan fuerte y tan curtida, que 
durante doce o quince años lo había abrigado contra las inclemen- 
cias de la vida, aquella piel que había agujereado la picana con 
su púa de hierro le fue sacada a cuchillo, entre risas, por los peones 
de la estancia. Lo desollaron de un lado, lo dieron vuelta y aca- 
baron de arrancarle el poncho. El pelo había caído en partes, al 
refregarse el animal en tierra, en las ansias, cuando la muerte venía 
y le quitaba aquella vida que él había arrastrado tantos años a lo 
largo del surco. 

Quedó muerto y desnudo. Coloreaba en el bajo su enorme 
cuerpo, enseñando la carne flaca, donde la sangre había quedado cua- 
jada. Los perros iban allá, lo olfateaban y lo hallaban feo. Estaba 
muy flaco el pobre, y ni los perros lo querían comer. 

Pasó todo el día asoleándose el cuerpo de aquel oscuro y mise- 
rable soldado de la siembra. ¡Cuántas espigas había hecho nacer! 
¡Cuántas semillas habían hallado cuna en el surco abierto por aquel 
buey! Y ahora, allá estaba lá osamenta, abandonada, terrosa, rese- 
cándose, llena de moscas. El héroe del surco, que había hecho ger- 
minar tanto aliento, tanto grano, tanta espiga, tanto pan, había 
muerto de flaco. 

No. No podía morir así. Los hombres lo dejaban, pero sus 
semejantes debían ser más justos. Los hombres se olvidaban, pero 
entre los animales quedaba un sentimiento. Los hombres le sacaban 
el cuero porque se podía vender. Era el último servicio que prestaba 
el viejo buey. Tenía el cuero pesado. ¡Lástima que aquel diablo de 
animal se habían andado revolcando al morir! ¡Tal el cuero fuera 
deshecho, por eso! Y no pensaban nada más. Para ellos había con- 
cluido la desgraciada y bondadosa bestia. Pero las vacas, los toros 
mansos, los novillos tamberos, los bueyes veteranos, compañeros de 
yugo del buey muerto, tenían obligación de rendirle un recuerdo 
antes de abandonarlo, al verlo caído, incapaz de seguir tirando el ara- 
do, tan duro y tan pesado como la vida para la pobre bestia resignada. 

Vinieron al caer la tarde. Las cuchillas prolongaban sus som- 
bras; en los bajos empezaba a ser de noche; ios pájaros ganaban los 
paraísos y se quedaban quietitos, con la cabeza escondida bajo el ala. 

Entonces el ganado tambero fue cayendo al velorio. En el cre- 
púsculo, el finado buey viejo, desollado, se veía colorear, con los 
matambres estirados, ya resecos por el sol de todo un día. 




368 


Los animales llegaron despacio, con aire fúnebre. Balaban con 
balido sordo y triste, como diciendo un responso. Eran mugidos 
cavernosos, tétricos, que resonaban sordamente en la tarde silen- 
ciosa y sosegada. Las ovejas, despavoridas, salían al galope, y los 
perros paraban la oreja, con ganas de ir a ladrar al ganado doliente. 

El más triste era un novillo yaguané, sin duda pariente del buey. 

Era el' que presidía el duelo. Mugía con verdadero dolor, y de 
pronto rompía en balidos desesperados. Un buey overo -negro, lla- 
mado Retruco, se acercaba al yaguané y lo tocaba con el hocico, 
balando a media voz, como si le dijese: ¡Hombre, no se aflija, que 
todos somos mortales! ¡Todos hemos de tener la misma suerte! ¡Ire- 
mos tirando hasta que nos toque clavar el asta! 

Como en los velorios humanos, había allí los indiferentes, 
animales que habían venido por compromiso, por no chocar, por 
ceremonia vacuna. Habían llegado al muerto, lo habían olido, le 
habían balado quién sabe qué, por fórmula, y se retiraban rumiando 
sus asuntos. Otros, cuando el yaguané no los veía, agarraban algún 
bocado de pasto y lo mascaban disimuladamente . . . 

En esto, un peón que pasaba, molestado por los mugidos, atro- 
pelló a caballo y deshizo el velorio a rebencazos. 


Carlos Reyles (1868- 1938) 

Mansilla 

En despoblado, a pesar de la lluvia y el viento, manejándose 
a tientas en medio de la oscuridad reinante, lograron encender el 
fuego. Esta operación tan sencilla les costó grandes trabajos: tuvie- 
ron que hacer con los cuchillos un pozo en la húmeda tierra, taparlo 
luego para que no se anegara, con una carona que sostenían cuatro 
palitos a modo de columnas, y que el viento derribó dos o tres 
veces, y hacer después arder la escasa leña a fuerza de fósforos, sebo 
y pulmones. En fin, la leña ardía alegremente, y ellos gozando de 
cierto bienestar dentro de sus ponchos de invierno, hablaban de 
cosas sin importancia, mientras a lo lejos oíanse los silbidos de 
sus compañeros que rondaban el ganado. De vez en cuando un 
relámpago iluminaba con lívida luz el horizonte, haciendo surgir de 
las tinieblas, aquí y allá, ranchos y poblaciones de aspecto huraño, 
lúgubre, y entonces se veían a los novillos apretados unos contra 
otros, con las ancas al viento y las cabezas gachas, y a los troperos 
que, chorreando agua, vagaban alrededor de las bestias. 

— ¡Tiempo diablo, como no tengamos una disparada! — excla- 
mó de pronto Mansilla, el capataz, mirando en dirección a la tropa. 

— Yo estoy "calao” hasta los "güesos” . . . vida aperrada ésta 
— articuló Esquivcl su compañero, y los dos guardaron silencio un 
breve rato, pensando tal vez en los trabajos y malandanzas de su 
fatigoso oficio. 

Eran troperos del Sauce. Cada mes salían un par de veces de 
la estancia, y siguiendo el paso lento, regular y monótono del ga- 
nado, que concluía por adormecerlos, caminaban y caminaban du- 
rante días de interminables horas, soportando lo más resignada- 
mente que les era dado, las heladas y rigores del invierno o los 
ardientes rayos del sol canicular, las madrugadas frías y las noches 
borrascosas y lóbregas, preñadas de extraños ruidos, y en las que, 
entre vagos terrores, se despertaban sus oscuras creencias de niños, 


369 


las viejas y casi olvidadas creencias inculcadas por la bondadosa 
abuela junto al fogón del rancho paterno . . . 

Al principio menos mal: los preparativos de la partida, sobre 
todo, tenían para ellos especial encanto: ''Tusaban” y componían sus 
fletes mejores y más gordos; hacían, entre alegres dicharacheos y 
sonoras carcajadas, el equipaje, compuesto generalmente de una muda 
de ropa, un par de alpargatas, el recio poncho de paño y la caldera, 
que llevaba sujeta bajo la barriga del caballo, prenda que junto 
con la toalla entre los cojinillos caracteriza al tropero; recibían mil 
encomiendas y encargos, y cerrándoles pierna a los pingos recién 
aseados, se alejaban al galope tendido de la estancia, para alcanzar 
a la tropa, que invariablemente pastaba por los alrededores. El cam- 
bio de vida y la relativa independencia de que gozaban lejos de 
los ojos del patrón, los tenía decidores y retozones los primeros 
días, pero después de algunas noches de ronda y de no interrum- 
pidas marchas bajo los rayos del sol, empezaban a sentirse incó- 
modos y a cambiar de postura sobre el recado, cuyos "pellones” 
despedían fuego. 

La mayor parte de las horas se las llevaban dormitando al 
compás del fatigoso "jopa-jopa” con que arreaban a las reses, y el 
resto en un estado de flojera y modorra tales, que los hacía recorrer 
inmensas zonas de varios paisajes sin que ellos vieran otra cosa, 
y eso confusamente, que lo que tenían delante de los ojos, allá, muy 
lejos, en un punto perdido del horizonte. De tarde en tarde alzaban 
la vista para seguir el reposado vuelo de una cigüeña, y luego vol- 
vían a canturrear el "jopa-jopa” y a adormitarse nuevamente. Algu- 
nas veces, muy raras, apartábanse de la tropa con el ánimo de tomar 
un mate de a caballo en algún rancho conocido o se apeaban en 
una "pulpería”, para engullir, mirando los barrotes de hierro del 
mostrador y los artículos suspendidos del techo y cubiertos de polvo 
y telarañas, media libra de pasas de higo y nueces remojadas en 
vino seco, pero lo general era que sólo interrumpiese la monotonía 
de aquella existencia nómada, el vadeamiento de algún río, siempre 
peligroso, o una "disparada” del ganado, en la que no era extraño 
que alguno se perniquebrase o pereciera. Había muchos ejemplos 
de ello. Casualmente, Mansilla recordando lo que en aquel mismo 
sitio le había acaecido dos años antes, dijo, dando vuelta al "chu- 
rrasco” que se asaba en las brasas: 

— Le tengo miedo a la novillada ésta; todavía nos va a pegar 
un susto. ¿Se acuerda, aparcero, hace dos años aquí..? ¡disparada 
bárbara aquélla! — y dejándose llevar de la natural y animada locua- 
cidad del paisano, agregó accionando mucho: — Yo gané la punta, y 
como iba bien "montao” le jugué risa; pero de repente, ¡qué iba a 
pensar en eso, si iba mirando "pa” atrás! pegó mi overo la pechada 
contra un "alambrao” y me "voló” lejos. Esa fue mi suerte; si caigo 
cerca no cuento el cuento, como el pobre "Benjasmín”. 

El suceso ocurrió de madrugada, al ponerse en marcha. Los 
novillos caminaban tranquilamente, pero de pronto, asustados por la 
brusca aparición de un avestruz, bufaron de espanto y emprendieron 
la fuga. Uno de los peones que corría delante, tuvo la malhadada 
suerte de rodar y fue realmente mutilado entre las pezuñas de 
las r eses. 

— El pobre "indio” salió "parao” — dijo el compañero de Man- 
silla — pero allí no más lo alcanzó una res en el "garrón” y lo "des- 
jaretó”. "Dende” que lo "vide” caer lo conté entre los muertos. 
Cuando sujetamos la novillada y vinimos a recogerlo estaba como 
hecho picadillo. 

Echóse el sombrero a la nuca, dejando que la luz iluminara 
de lleno su rostro curtido por el sol, y agregó, triste, pero resigna- 


damente, reflexionando en que las escasas monedas ganadas por ellos 
en aquella ruda tarea, se les escurrían de las manos no bien llega- 
ban a Tablada: 

— Y todo para no salir de pobres. 

Mansilla hizo un gesto de asentimiento y los dos callaron de 
nuevo. 

Después de dos o tres días de fiesta y jolgorio en el Paso del 
Molino, y de comprar algunas relumbrantes baratijas en las tiendas 
y "platerías”, estas últimas abiertas para ellos nada más, como las 
trampas para los ratones, regresaban al Sauce con los cintos vacíos, 
pero eso sí, muy bien trajeados y cargados de pañuelos de seda y 
frascos de olor con que 'quedar bien” entre sus conocimientos feme- 
ninos. Había quien se gastaba mes a mes el producto entero de su 
trabajo, en componerse, alhajarse y parecer galante. Y lo hacían por 
pueril vanidad, por no ser menos que los otros. Sobre todo los que 
"tropeaban” con Mansilla, contagiados con la liberalidad de éste y 
el deseo de imitarlo en el vestir, se veían en serios apuros para 
salvar algunos reales en cada viaje. Mansilla era para ellos el proto- 
tipo del gaucho por excelencia, el modelo del criollo que ellos tenían 
metido en el magín: alegre, decidor, buen compañero en toda, 
suerte de lances, advertido y "camperazo”. Y por modelo también 
era tenido fuera de la estancia; por eso no le llamaban Mansilla a 
secas, sino el "gaucho Mansilla”, como si quisieran expresar que 
era, más que una persona, un "hombre-tipo’*, un ser característico 
que llevaba en sí "aquello” que distinguía a una raza que iba desa- 
pareciendo ya. 

Recibíanlo en todos los ranchos en que se apeaba a su regreso 
de la ciudad, con no disimulado gozo; su franca charla y estruen- 
dosa alegría eran gustadas como manjar apetitoso que se saborea 
de tarde en tarde, casi como un favor del cielo... ¡Se reía tan 
franca y abiertamente, que aquello era una bendición! Además, donde 
quiera que estuviese veíase la vihuela, y a falta de música, su charla 
retozona que llenaba de júbilo hasta a los más díscolos y retraídos. 
Los viejos se complacían en repetir sus dichos y chuscadas, y las 
mozas lo nombraban riendo y haciéndose guiños, al recuerdo de las 
"cosazas”, que a hurto de sus padres les decía al oído. 

Con estas cualidades no es de extrañar que sus compañeros 
tratasen de seguirle los pasos en todo y aun de sobrepujarlo en 
aquello de ir de rancho en rancho, obsequiando a las mozas y con- 
quistándose voluntades, lo cual les costaba muy buenos dineros, y 
sin que obtuvieran los favores que Mansilla, ni la general estima- 
ción que éste gozaba; pero donde se arruinaban verdaderamente, era 
en el empeño tenaz que ponían en vestirse como él y en usar las 
mismas prendas. Todos ambicionaban tener estribos de "campana”, 
cintos con "pasadores” de oro, riendas con virolas de plata: quien 
se perecía por copiarle los "punteaos” y flores que ejecutaba en la 
vihuela, y quien le tomaba los puntos en el sentarse a caballo y 
jinetear de "pierna abierta” el potro más fiero. A muchos condu- 
cíalos su servil imitación hasta ponerse el "gacho” sobre las cejas 
como él, y a llevar el chiripá de merino negro con franja colorada, 
medio arrastrando por los talones, como Mansilla lo usaba para darse 
el vanidoso gusto de picarlo en las espuelas . . . Interiormente se 
avergonzaban de ser tan presumidos y gastadores, pero mirándose 
en las tranquilas y limpias aguas de los arroyos: "De todos modos 
no hemos de salir de pobres”, decían y sonreían satisfechos. 

— Yo pienso "pegar la sentada” — dijo Mansilla, rompiendo el 
prolongado silencio en que habían caído, y su rostro simpático se 
iluminó como el de quien se dispone a hablar de asuntos muy ínti- 
mos y queridos. 


371 


— Pronto no voy a ser solo. , . hay que mirar pa adelante — y 
sonriendo hasta mostrar sus dientes iguales, un poco grandes y apre- 
tados, cuya blancura resaltaba sobre las rojas encías que también des- 
cubría al reir, añadió: — ¿No adivina, aparcero...? 

Pero Esquivel, por toda respuesta, le dirigió una mirada indi- 
ferente, echándose después el sombrero sobre los ojos, como si qui- 
siera huir las interrogadoras miradas de Mansilla, el cual, sin no- 
tarlo, prosiguió: 

— A usted quiero confesárselo antes que a nadie; sí, aparcero, 
he decidido tomar estado. 

Silencio glacial. "¿Por qué, qué quiere decir eso?” se preguntó 
viendo que su amigo le escuchaba sin darle muestra de simpatía 
ni siquiera de interés, encerrado en un silencio a todas luces hostil. 
No le parecía bien, y al decírselo sintióse apenado por una desazón 
extraña, y la sonrisa huyó de sus labios. 

En silencio cortó un trozo de churrasco, y después de comer 
algunos bocados, dijo resueltamente: 

— Parece que la noticia no ha sido muy de su agrado: ¿no es 
de su gusto la moza o qué? 

Esquivel, eludiendo la pregunta y con tono sentencioso, dejó 
caer estas palabras: 

— El hombre ha de picar de flor en flor y volar. • 

Y entonces él, precisamente porque comprendía que su com- 
pañero no miraba con buenos ojos a Margarita, empezó a ponde- 
rársela y a explicarle lo muy obligado que estaba. Hablóle de lo 
buena, económica y laboriosa que era y lo mucho que parecía que- 
rerlo, y concluyó diciéndole que el mismo patrón, aquilatando las 
perfecciones de la moza, le había aconsejado que se casase. 

— Usté es mayor de edad; haga lo que quiera; pero ya le digo: 
el hombre debe picar de flor en flor y volar. 

Mansilla no pudo menos que reírse de la seriedad de su amigo. 

— Despáchese, aparcero — le dijo — ; usté tiene algo en el buche, 
suelte prenda de una vez y déjese de andar con rodeos, que a mí 
no me asustan sombras. 

A lo cual contestó Esquivel apeándose de su actitud reservada 
y mirándolo frente a frente: 

— Todas las mujeres son de la "mesma" laya; yo aparcero, soy 
más viejo que usté y las he "esperimentao”. Para mí la suya le anda 
jugando sucio: ahí tiene lo que tenía en la garganta; yo soy su 
amigo y cumplo diciéndoselo. 

Con las espesas cejas enarcadas y dilatadas las ventanillas de la 
aguileña nariz, miró Mansilla a su amigo un instante y luego, ha- 
ciendo un violento esfuerzo para domar la expresión fiera que le 
afeaba el rostro, dijo con voz ronca y temblona: 

— Usté es un aparcero y puede decirme lo que quiera ... si 
hubiera sido otro, a estas horas nos habíamos roto los cuernos. Sepa 
que mi china no es como las demás . . . Mangacha es Mangacha, y 
como Mangacha no hay otra. 

Como era la hora de relevar a los peones, Esquivel se dirigió 
a su caballo. 

— Está bueno, yo decía lo "mesmo” de Nicolasa — repuso al 
montar, y después agregó para su capote, mientras que al trotecito 
se alejaba del fogón: "Bicho zonzo el cristiano cuando se enamora". 

Pocos momentos más tarde, Mansilla con el sombrero en la 
mano y al aire la revuelta melena, montaba también y se perdía 
en la oscuridad. Esa noche no dormitó sobre el caballo como otras 
veces; hasta el amanecer oyeron sus silbidos los peones y lo vieron 
vagar alrededor de la tropa, pasando por delante de ellos sin pro- 
ferir palabra, como alma en pena. 


Al salir el sol entraron en Tablada. 

Un cuarto de legua antes, en la costa de un arroyo, Mansilla 
echó pie a tierra y debajo del pancho se mudó de ropa, como hada 
siempre en aquel pasaje; dióle un buen limpión, con la arena mo- 
jada a los estribos, riendas y freno, y atándole la cola a su pingo 
tornó a montar entrando en Tablada tan risueño y feliz como siem- 
pre, repartiendo saludos y sonrisas a diestra y siniestra. 

— ¿Qué dice el gaucho Mansilla? — le gritó uno de los com- 
pradores — ; parece que ha bañao a sus novillos; ¿están muy creci- 
dos esos arroyos? 

— Regular: a los patos les da "pue” el pecho — y después de 
esta chuscada, acordándose súbitamente por una inexplicable liga- 
zón de ideas, de las palabras de Esquivel, pensó: "¿Por qué me habrá 
dicho eso mi aparcero. . . ? y cuando él me lo ha dicho. . . ¡Ay Man- 
gadla, Mangadla!”, y siguió bromeando con los compradores, que 
ya lo habían rodeado dispuestos a echar un rato de palique. 

Como la escasez de ganado era mucha, la tropa se vendió ese 
mismo día, y Mansilla pudo verse libre antes de lo que esperaba. 
Arregló sus cuentas con el vendedor de las haciendas del Sauce, y 
capataz y peones se dirigieron al Paso del Molino a gastar alegre- 
mente el dinero ganado en el viaje. Pero esta vez él tenía otras 
miras: iba a comprar el regalo de bodas. Separóse de sus compa- 
ñeros y se dirigió a una de las más lujosas platerías. Desde el primer 
momento lo sedujo una gargantilla de filigrana de plata, un trabajo 
florentino por el cual le pidieron treinta pesos, diez más de los que 
él tenía; pero como era parroquiano, el platero no tuvo inconve- 
niente en fiarle el resto, y Mansilla se vio en posesión de la bo- 
nita alhaja. 

"Le va a quedar que ni pintada”, se dijo dos o tres veces, de 
regreso a la fonda, acariciando mentalmente el cuello morado y 
bien torneado de Mangacha; pero al divisar a Esquivel en la puerta, 
y sobre todo, al sentir sobre sí la mirada escrutadora de éste, volvió 
a sentirse molesto y a ser atormentado por la duda. "¿Y si me 
jugara sucio? . . . ¿pero puede ser eso verdad?”, y pensando así, le 
acometió el vehemente deseo, el fortísimo antojo de regresar para 
verla, porque viéndola se figuraba que se sentiría inmediatamente 
tranquilizado. "Sí, sí, lo mejor es verla”, se repitió varias veces. 

"A mi pobre aparcero le ha hecho dañito la marca, murmuró 
Esquivel viéndolo alejar; pero, ¿qué le hemos de hacer, a casi todos 
nos pasa lo mesmo; ¡malaya sean las mujeres!” 

Mansilla galopó, galopó y galopó. Las dudas que antes le asal- 
taban de tarde en tarde, iban convirtiéndosele en un pensamiento 
fijo, en un come-come continuo que le roía las entrañas. Al verse 
en despoblado quiso precisar sus ideas que en bullicioso tumulto 
acudían a su cerebro llenándolo de sombras y dudas, y se dijo: 
"Despacito por las piedras, Mansilla; a este paso no te aguantan los 
mancarrones”, y pasándose la mano por la frente prosiguió: 

— "Vamos a ver: ¿a dónde voy yo, qué voy a hacer? Aunque 
Esquivel me haya dicho eso, ¿será posible que mi Mangacha me 
engañe? ... y se puso a pensar en los ratos pasados junto a Mar- 
garita hasta representársela tal como era ella, con los menores de- 
talles de sus actitudes, gestos y ademanes. 

La veía con los brazos al aire y un pañuelo de seda a la ca- 
beza, lavando a orillas del arroyo, en una postura que hacía resaltar 
sus bellas formas, o ya sentada debajo del ombú que cobijaba el 
rancho, cebándole mate de leche a la vieja y sonriéndole a él con 
aquella boca de expresión graciosa y pura, que era lo que más lo 
inclinaba a ella y lo que menos le dejaba creer ahora que le fuese 


infiel. . . ''Engañarme, ¿y por qué?. . .” y recordando su dulce son- 
risa, agregaba: "No, no es verdad, no puede ser verdad”. 

En estas alternativas se le pasaron algunas horas. A eso del 
mediodía mudó caballo y siguió su carrera, pasando por delante de 
los ranchos donde acostumbraba a detenerse a galope tendido, sin 
mirar siquiera. "¡Ay Mangacha, Mangacha!” suspiraba, y le metía 
sin piedad las espuelas al caballo, sintiendo cada vez más imperio- 
samente la necesidad de verla. Atravesaba los llanos, escalaba los 
cerros, descendía las cuestas abajo a media rienda siempre, como 
si huyera de algún enemigo invisible o de su propia sombra. 

En una estancia donde era conocido pidió un churrasco, y 
rehusando apearse allí, fue a asarlo en la falda de una cuchilla, 
lejos del camino y de las importunas miradas de los transeúntes. 

Deseaba estar solo para resolver en el magín aquello que tanto 
daño le hacía. Contemplando distraídamente, mientras ardía la leña, 
su bonito apero, cuajado de brillante plata, se preguntó vaga e 
inconscientemente, cómo había podido ganar bastante para adquirir 
aquellas costosas prendas, y a punto seguido empezó a recordar, de 
un modo vago también y como pensando en varias cosas a un mis- 
mo tiempo, los muchos favores que le debía al patrón. 

Sin duda le había caído en gracia. A los seis u ocho meses de 
haber ingresado como peón, dieron en distinguirlo los superiores, 
confiándole algunos traba jitos y acarreos de ganado; más tarde lo 
hicieron puestero, y por último capataz de tropa. Y precisamente 
la fortuna le sonreía, él lo recordaba bien en aquellos momentos, 
desde el punto y hora en que entró en relaciones amorosas con 
Margarita. "Ella, sin duda, es mi buena estrella”, se dijo, y repitién- 
dose estas palabras con una insistencia ajena a su voluntad, fue 
poniéndose muy pálido y desencajándose su rostro, hasta adquirir 
la expresión idiota de sorpresa y abatimiento. "¡Si será el patrón!” 
murmuró; y al través de esta cruel sospecha, que no hizo por alejar, 
creyó explicarse su extraña suerte en el Sauce. "Todo está más cla- 
rito que el agua”, y luego, no con la sospecha, sino con el firme 
convencimiento de que Margarita lo engañaba, agregó fuerte, como 
para oirse él mismo: "Les he servido de pantalla, he sido un 
zonzo ..." y parándose, pególe un puntapié al churrasco y montó 
de nuevo. 

Mugiendo blandamente se dirigían las vacas a la querencia, y 
las lechuzas acompañaban con sus graznidos la lenta y dulce muerte 
de la tarde. Cuando cerró la noche, el gaucho Mansilla, envuelto 
en las negras tintas, siguió avanzando al trotecito. 

Al amanecer descubrió a lo lejos el rancho de Margarita, medio 
borroso, casi imperceptible entre las brumas de la mañana; perdiólo 
de vista en un bajo, y al aparecer de nuevo ante sus ojos le dio un 
vuelco el corazón. Era que perdía el único resto de esperanza: al 
pie del ombú escarceaba el "pangaré” de don Gonzalo. Mansilla 
ahogó su pena con un juramento seco y breve y se detuvo sin saber 
qué partido tomar; pero a los pocos instantes, sin darse cuenta de 
ello seguramente, atraído por inexplicable fuerza, fue acercándose 
al rancho. 

Al verlo Margarita, que salía con la "pava” en la mano para 
llenarla de agua en la "cachimba”, quiso huir, pero él la alcanzó y 
arrojándola al suelo violentamente, le puso el pie en el pescuezo, 
como hacía con los borregos para señalarlos con entera comodidad. 
Un hombre de unos cincuenta años salió entonces de la habitación, 
corriendo en auxilio de la infeliz: 

—No te "acerqués”, viejito, porque te voy a cortar — le gritó 
Mansilla deteniéndolo con un suave planchazo y una torva mirada; 
y luego, encorvándose sobre Margarita, que gemía bajo la bota, le 


agarró la trenza y se la cortó a raíz de un solo tajo. Atóla a la cola 
de su caballo, de modo que se viera bien, y se alejó sin apurarse 
ni poco ni mucho, en dirección a la estancia. 

— Vengo de "rabonar” una 'reyuna” — Íes dijo a los peones al 
tiempo que despojaba a su caballo del bonito y valioso apero y le 
ponía el muy humilde con que había llegado a la estancia dos 
años antes. 

— Esto traje y esto me llevo — agregó, disponiéndose a partir. 

Los peones lo miraban suspensos, comprendiendo perfectamente 
por sus palabras y las hermosas trenzas de Margarita que todos 
conocían, lo que había sucedido. 

— ¿A dónde va, hermanito? — le preguntó cariñosamente un 
camarada acercándosele. 

— Qué se yo: a rodar por ahí; la tierra es grande — y después 
dirigiéndose a todos en general, añadió: — ¡Adiós, caballeros! uste- 
des son testigos de que el gaucho Mansilla se va como vino: con 
el sombrero en la nuca — , y tomó el camino del monte. 

Lo que se vio solo, solo con su dolor, sin tener por qué fingir 
ni a quién engañar, dejóse caer del caballo, y cogiendo cariñosa- 
mente la maltratada trenza, la cubrió de lágrimas y besos. "¡Ay, 
Mangacha, Mangadla!” suspiraba, sintiendo que a pesar de todo, 
el alma se le iba tras de ella. Al través de sus lágrimas y de las 
retorcidas ramas de los "espinillos” veía el rancho de la ingrata, in- 
cendiado por las tintas rojas del astro magno, que flotaba en el 
horizonte con su acostumbrada pompa y rayos y resplandores. Tri- 
naban los pájaros, animábase la naturaleza toda con la salida del 
vivificante sol... y entre tanto él se moría de pena. "¡Ay, Man- 
gacha, Mangacha!” repetía internándose cada vez más en la espe- 
sura del monte, como venado herido que huye del ruido y la luz. 


Javier de Viana (1868- 1928) 

Los amores de Bentos 
Sagrera 

Cuando Bentos Sagrera oyó ladrar los perros, dejó el mate en 
el suelo, apoyando la bombilla en el asa de la caldera, se puso de 
pie y salió del comedor apurando el paso para ver quién se acer- 
caba y tomar prontamente providencia. 

Era la tarde, estaba oscureciendo y un gran viento soplaba del 
Este arrastrando grandes nubes negras y pesadas, que amenazaban 
tormenta. Quien a esas horas y con ese tiempo llegara a la estan- 
cia, indudablemente llevaría ánimo de pernoctar; cosa que Bentos 
Sagrera no permitía sino a determinadas personas de su íntima 
relación. Por eso se apuraba, a fin de llegar a los galpones antes 
de que el forastero hubiera aflojado la cincha a su caballo, dispo- 
niéndose a desensillar. Su estancia no era posada, ¡cañe jo! — lo 
había dicho muchas veces; y el que llegase, que se fuera y buscase 
fonda, o durmiera en el campo, ¡que al fin y al cabo dormían en 
el campo animales suyos de más valor que la mayoría de los deso- 
cupados harapientos que solían caer por allí demandando albergue! 
En muchas ocasiones habíase visto en apuros, porque sus peones, 
más bondadosos, — ¡claro, como no era de sus cueros que habían 
de salir los maneadores! — permitían a algunos desensillar; y luego 
era ya mucho más difícil hacerles seguir la marcha. 


La estancia de Sagrara era uno de esos viejos establecimientos 
de origen brasileño, que abundan en la frontera y que semejan cár- 
celes o fortalezas. Un largo edificio de paredes de piedra y techo 
de azotea; unos galpones, también de piedra, enfrente, y a los lados 
un alto muro con sólo una puerta pequeña dando al campo. La 
cocina, la despensa, el horno, los cuartos de los peones, todo estaba 
encerrado dentro de la muralla. 

El patrón, que era un hombre bajo y grueso, casi cuadrado, 
cruzó el patio haciendo crujir el balasto bajo sus gruesos pies, cal- 
zados con pesadas botas de becerro colorado. Abrió con precaución 
la puertecilla y asomó su cabeza melenuda para observar al recién 
llegado, que se debatía entre una. majada de perros, los cuales, 
ladrando enfurecidos, le saltaban al estribo y a las narices y la cola 
del caballo, haciendo que éste, encabritado, bufara y retrocediera. 

— ¡Fuera, cachorros! — repitió varias veces el amo, hasta con- 
seguir que los perros se fueran alejando, uno a uno, y ganaran el 
galpón gruñendo algunos, mientras otros olfateaban aún con des- 
confianza al caballero, que, no del todo tranquilo, titubeaba en 
desmontar. 

— Tiene bien guardada la casa, amigo don Bentos, — dijo el 
recién llegado, 

— Unos cachorros criados por divertimiento, — contestó el due- 
ño de casa con marcado acento portugués. 

Los dos hombres se estrecharon la mano como viejos camara- 
das; y mientras Sagrera daba órdenes a los peones para que desen- 
sillaran y llevaran el caballo al potrero chico, éstos se admiraban 
de la extraña y poco frecuente amabilidad de su amo. 

Una vez en la espaciosa pieza que servía de comedor, el gana- 
dero llamó a un peón y le ordenó que llevara una nueva caldera 
de agua; y el interrumpido mate amargo continuó. 

El forastero, don Erigido Sosa, era un antiguo camarada de 
Sagrera, y, como éste, rico hacendado. Uníalos, más que la amistad, 
la mutua conveniencia, los negocios y la recíproca consideración 
que se merecen hombres de alta significación en una comarca. El 
primero poseía cinco suertes de estancia en Mangrullo, y el segunde 
era dueño de siete en Guasunambí, y pasaban ambos por persona- 
lidades importantes y eran respetados, ya que no queridos, en todc 
el departamento y en muchas leguas más allá de sus fronteras. Sosí 
era alto y delgado, de fisonomía vulgar, sin expresión, sin moví 
miento: uno de esos tipos rurales que han nacido para cuidar vacas 
amontonar cóndores y comer carne con "fariña”. Sagrera era máí 
bien bajo, grueso, casi cuadrado, con jamones de cerdo, cuello de 
toro, brazos cortos, gordos y duros como troncos de coronilla; laí 
manos anchas y velludas, los pies como dos planchas, dos grande 
trozos de madera. La cabeza pequeña poblada de abundante cabelle 
negro, con algunas, muy pocas canas; la frente baja y deprimida 
los ojos grandes, muy separados uno de otro, dándole un aspectc 
de bestia; la nariz larga en forma de pico de águila; la boca grande 
con el labio superior pulposo y sensual apareciendo por el montór 
de barba enmarañada. 

Era orgulloso y altanero, avaro y egoísta, y vivía como la mayoj 
parte de sus congéneres, encerrado en su estancia, sin placeres ) 
sin afecciones. Más de cinco años hacía de la muerte de su mujer 
y desde entonces él solo llenaba el caserón, en cuyas toscas parede; 
retumbaban a todas horas sus gritos y sus juramentos. Cuando al 
guien le insinuaba que debía casarse, sonreía y contestaba que pan 
mujeres le sobraban con las que había en su campo, y que todavíí 
no se olvidaba de los malos ratos que le hizo pasar el "diablo de 
su compañera”. Algún peón que lo oía, meneaba la cabeza y se ibí 


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murmurando que aquel "diablo de compañera" había sido una santa 
y que había muerto cansada de recibir puñetazos de su marido, a 
quien había aportado casi toda la fortuna de que era dueño. Pero 
como estas cosas no eran del dominio público y quizás no pasaran 
de murmuraciones de cocina, el ganadero seguía siendo un respe- 
table señor, muy digno de aprecio, muy rico, y aunque muy bruto 
y más egoísta, capaz de servir al ciento por ciento, a algún desgra- 
ciado vecino. 

Sosa iba a verlo por un negocio, y proponiéndose grandes ga- 
nancias, el hacendado de Guasunambí lo agasajaba de todas maneras. 

Ofrecióle en la cena puchero con "pirón'", guiso de menudos con 
"fariña" y un cordero, gordo como un pavo cebado, asado al asador 
y acompañado de galleta y fariña seca; porque allí la fariña se comía 
con todo y era el complemento obligado de todos los platos. Y 
como extraordinario, en honor del huésped se sirvió una "canjica 
con leite", que, según la expresión brasileña, "si é fejon con tou- 
cinho é muito bom: ella borra tudo". 

Afuera, el viento que venía desde lejos saltando libre sobre 
las cuchillas peladas, arremetió con furia contra las macizas pobla- 
ciones, y emprendiéndola con los árboles de la huerta inmediata, 
los cimbró, los zamarreó hasta arrancarles las pocas hojas que les 
quedaban, y pasó de largo, empujado por nuevas bocanadas que 
venían del Este, corriendo a todo correr. Arriba, las nubes se rom- 
pían con estruendo y la lluvia latigueaba las paredes del caserón 
y repiqueteaba furiosamente sobre los techos de zinc de los galpones. 

En el comedor, Sagrera, Sosa y Pancho Castro, — este último 
capataz del primero — , estaban de sobremesa, charlando, tomando 
mate amargo y apurando las copas de cañas que el capataz escan- 
ciaba sin descanso. 

Pancho Castro era un indio viejo, de rostro anguloso y lam- 
piño, y de pequeños ojos turbios semiescondidos entre los arrugados 
párpados. Era charlatán y amigo de cuentos, de los cuales tenía 
un repertorio escaso, pero que repetía siempre con distintos detalles. 

— ¡Qué modo de yober! — dijo — . Esto me hace acordar una 
ocasión, en la estancia del finao don Felisberto Martínez, en la 
costa el Tacuarí . . . 

— ¡Ya tenemos cuento! — exclamó Sagrera; y el viejo, sin 
ofenderse por el tono despreciativo del estanciero, continuó muy serio: 

—¡Había yobido! ¡Birgen santísima! El campo estaba blan- 
quiando; tuitos los bañados yenos, tuitos los arroyos campo ajuera, 
y el Tacuarí hecho una mar ... 

Se interrumpió para cebar un mate y beber un trago de caña; 
luego prosiguió: 

— Era una noche como ésta; pero entonces mucho más fría 
y mucho más escura, escurasa: no se bía ni lo que se combersaba. 
Habíamo andao tuita la nochesita recolutando la majada que se nos 
augaba por puntas enteras, y así mesmo había quedao el tendal. 
Estábamos empapaos cuando ganamo la cosina, onde había un juego 
que era una bendisión e Dios. Dispué que comimo "los" pusimo 
a amarguiar y a contá cuentos. El biejo... ¡usté se ha de acordá 
del biejo Tiburcio, aquel indio de Tumpambá, grandote como un 
rancho y fiero como un susto a tiempo! . . . ¡Pucha hombre aquél 
que domaba laindo! Sólo una ocasión lo bidé asentar el lomo contra 
el suelo, y eso jué con un bagual picaso del finado Manduca, que 
se le antojó galopiar una mañanita que había yobido a lo loco, y 
jué al ñudo que . . . 

— Bueno, viejo, — interrumpió Sosa con marcada impaciencia — , 
deje corcobiando al bagual picaso y siga su cuento. 


— Dejuro nos va a salir con alguno más sabido que el bendito, 
— agregó don Bentos. 

— Güeno, si se están riyendo dende ya, no cuento nada, — dijo 
el viejo atufado. 

— ¡Pucha con el basilisco! — exclamó el patrón; y luego, sor- 
biendo media copa de caña, se repantigó en la silla y agregó: 

— Puesto que el hombre se ha empacao, yo voy a contar otra 
historia. 

— Vamos a ver esa historia, — contestó Sosa; y don Pancho 
murmuró al mismo tiempo que volvía a llenar las copas: 

— ¡Bamo a bé! 

El ganadero tosió, apoyó sobre la mesa la mano ancha y velluda 
como pata de mono, y comenzó así: 

— Es un suseso que me ha susedido. Hase de esto lo menos 
unos catorse o quinse años. Me había casao con la finada, y me 
vine del Chuy a poblar acá, porque estos campos eran de la finada 
cuasi todos. Durante el primer año yo iba siempre ai Chuy pa vigilar 
mi establecimiento y también pa . . . 

Don Bentos se interrumpió, bebió un poco de caña, y después 
de sorber el mate que le alcanzaba el capataz, continuó: 

— Pa visitar una mujersita que tenía en un rancho de la costa. 

— Ya he oído hablar de eso, — dijo Sosa — . Era una rubia, 
una brasilera. 

— Justamente. Era la hija de un quintero de Yaguarón. Yo la 
andube pastor ¡ando mucho tiempo; pero el viejo don Juca, su padre, 
la cuidaba como caballo parejero y no me daba alse pa nada. Pero 
la muchacha se había encariñao de adeberas, y tenía motivos, porque 
yo era un moso que las mandaba arriba y con rollos, y en la cancha 
que yo pisaba no dilataba en quedar solo. El viejo quería casarla 
con un estopor empleao de la polesía, y como colegí que a pesar 
de todas las ventajas la carrera se me iba haciendo peluda, y no 
quería emplear la fuerza, — no por nada, sino por no comprome- 
terme — , me puse a cabilar. ¡Qué diablo! yo tenía fama de artero 
y esa era la ocasión de probarlo. Un día que había ido de visita 
a casa de mi amigo Monteiro Cardoso, se me ocurrió la jugada. 
Monteiro estaba bravo porque le habían carniao una vaca. 

— ¡Este no es otro que el viejo Juca! — me dijo. 

El viejo Juca estaba de quintero en la estancia del coronel 
Fortunato, que lindaba con la de Monteiro, y a éste se le había 
metido en el mate que el viejo lo robaba. Yo me dije: ‘'ésta es la 
mía!" y contesté en seguida: 

— Mire, amigo, yo creo que ese viejo es muy ladino, y sería 
bueno hacer un escarmiento. 

Monteiro no deseaba otra cosa y se quedó loco de contento 
cuando le prometí yo mismo espiar al quintero y agarrarlo con las 
manos en el barro. 

Así fue: una noche, acompañao del pardo Anselmo, le mata- 
mos una oveja a Monteiro Cardoso y la enterramos entre el maizal 
del viejo Juca. Al otro día avisé a la polecía; fueron a la güerta 
y descubrieron el pastel. El viejo gritaba, negaba, y amenazaba; pero 
no hubo tutía: lo maniaron no más y se lo llevaron a la sombra 
dispués de haberle sobao un poco el lomo con los corbos. 

Sonrió Bentos Sagrera, cruzó la pierna derecha, sosteniendo 
el pie con ambas manos; tosió fuerte y siguió: 

— Pocos días dispués fui a casa de Juca y encontré a la pobre 
Nemensia hecha una mar de lágrimas, brava contra el bandido de 
Monteiro Cardoso, que había hecho aquello por embromar a su 
pobre padre. 

Le dije que había ido para consolarla y garantirle que iba a 


sacarlo en libertad... siempre que ella se portara bien conmigo. 
Como a la rubia le gustaba la pierna . . . 

— Mesmamente como en la historia que yo iba a contá, cuando 
el finao Tiburcio, el domado. . . dijo el capataz. 

— No tardó mucho en abrir la boca pa decir que sí, — conti- 
nuó don Bentos interrumpiendo al indio — . La llevé al rancho que 
tenía preparao en la costa, y conversamos, y . . . 

El ganadero cono su narración para beber de nuevo, y en se- 
guida, guiñando los ojos, arqueando las cejas, continuó contando 
con la prolijidad comunicativa del borracho, todos los detalles de 
aquella noche de placer comprada con infamias de perdulario. Des- 
pués rió con su risa gruesa y sonora y continua como mugido de 
toro montaraz. 

Una inmensa bocanada de viento entró en el patio, azotó los 
muros de granito, corrió por toda la muralla alzando a su paso 
cuanta hoja seca, trozo de papel o chala vieja encontró sobre el 
pedregullo, y luego de remolinear en giros frenéticos y dando aulli- 
dos furiosos, buscando una salida, golpeó varias veces, con rabia, 
con profundo encono, — cual si quisiera protestar contra el lúbrico 
cinismo del ganadero — , la sólida puerta del comedor, detrás de la 
cual los tres ebrios escuchaban con indiferencia el fragor de la 
borrasca. 

Tras unos minutos de descanso, el patrón continuó diciendo: 

— Por tres meses la cosa marchó bien, aunque la rubia se eno- 
jaba y me acusaba de dilatar la libertad del viejo; pero dispués, 
cuando lo largaron a éste y se encontró con el nido vacío, se pro- 
puso cazar su pájara de cualquier modo y vengarse de mi jugada. 
Yo lo supe; llevé a Nemensia a otra jaula y esperé. Una noche 
me agarró de sopetón, cayendo a la estancia cuando menos lo espe- 
raba. El viejo era diablo y asujetador; y como yo, naturalmente, no 
quería comprometerme, lo hice entretener con un pión y mi hice 
trair un parajero que tenía a galpón, un tubiano . . . 

— Yo lo conocí, — interrumpió el capataz — ; era una maula. 

— ¿Qué? — preguntó el ganadero ofendido. 

— Una maula; yo lo bidé cuando dentro en una penca en el 
Cerro; corrió con cuatro estopores ... y comió cola las «resien- 
tas baras. 

— Por el estado, que era malo. 

— Porque era una maula, — continuó con insistencia el capa- 
taz; no puede negá el pelo. . . ¡tubiano! . . . 

— Siga, amigo, el comento, que está lindo, — dijo Sosa para 
cortar la disputa. Y don Bentos, mirando con desprecio al indio 
viejo, prosiguió diciendo: 

— Pues ensillé el tubiano, monté, le bajé la bandera y fui a 
dar al Cerro-Largo, dejando al viejo Juca en la estancia, bravo como 
toro que se viene sobre el lazo. Dispués me fui pa Montevideo, 
donde me entretuve unos meses, y di’ ay que yo no supe cómo fue 
que lo achuraron al pobre diablo. Por allá charlaban que habían 
sido mis muchachos, mandaos por mí; pero esto no es verdá... 

Hizo don Bentos una mueca cínica, como para dar a entender 
que realmente era el asesino del quintero, — y siguió tranquilo 
su relato: 

— Dispués que pasaron las cosas, todo quedó otra vez tran- 
quilo. Nemensia se olvidó del viejo; yo le hice creer que había 
mandao decir unos funerales por el ánima del finao, y ella se con- 
vensió de que yo no era cumple de nada. Pero, amigo, usté sabe 
que petiso sin mañas y mujer sin tachas no ha visto nadies tuavía! . . . 
La rubia me resultó se losa como tigra resién parida y me traía una 


vida de perros, jeringando hoy por esto y mañana por aquello. 

— Punto por punto como la ñata Grabiela en la rilasión que 
yo iba a haser, — ensartó el indio, dejando caer la cabeza sobre el 
brazo que apoyaba en la mesa. 

Don Bentos aprovechó la interrupción para apurar el vaso 
de alcohol, y después de limpiarse la boca, continuó, mirando a 
su amigo: 

— j Pucha si era celosa! Y como de juro yo le había afiojao 
manija al prinsipio, estaba consentida a más no poder, y de puro 
quererme empesó a fastidiarme lo mismo que fastidia una bota 
nueva. Yo tenía, naturalmente, otros gallineros donde cacarear; — 
en el campo no más, aquella hija de don Gumersindo Rivero, y 
la hija del puestero Soria, el canario Soria, y Rumualda, la mujer 
del pardo Medina. . . 

— ¡Una manadita flor! — exclamó zalameramente el visitante; 
a . lo que Sagrera contestó con un 

— ¡Eh! — de profunda satisfacción. 

Y reanudó el hilo de su cuento. 

— Cuasi no podía ir al rancho: se volvía puro llorar y puro 
echarme en cara lo que había hecho y lo que no había hecho, y 
patatrís y patatrás, ¡como si no estuviera mejor conmigo que lo 
que hubiera estao con el polecía que se iba a acollarar con ella, 
y como si no estuviera bien paga con haberle dado población y 
con mandarle la carne de las casas todos los días, y con las lecheras 
que le había emprestao y los caballos que le había regalao! . . . ¡No, 
señor; nada! Que "cualquier día me voy a alsar con el primero que 
llegue../' Que "el día menos pensao me encontrás augada en la 
laguna . . . ” Y esta música todas las veses que llegaba y hasta que 
ponía el pie en el estribo al día siguiente, pa irme. Lo pior era que 
aquella condenada mujer me había ganao el lao de las casas, y 
cuando muy aburrido, le calentaba el lomo, en lugar de enojarse, 
lloraba y se arrastraba y me abrasaba las rodillas y me acarisiaba, 
lo mismo que mi perro overo Itacuaitiá cuando le doy unos re- 
bencasos. Más le pegaba y más humilde se hasía ella; hasta que al 
fin me entraba lástima y la alsaba y la acarisiaba, con lo que ella se 
ponía loca de contenta. ¡Lo mismo, esatamente lo mismo que 
Itacuaitiá! . . . Así las cosas, la mujer tuvo un hijo, y dispués otro, y 
más dispués otro, como pa aquerenciarme pa toda la vida. Y como 
ya se me iban poniendo duro los caracuses, me dije: lo mejor del 
caso es buscar mujer y casarse, que de ese modo se arregla todo y 
se acaban las historias. Cuando Nemensia supo mi intensión, ¡fue 
cosa bárbara! No había modo de consolarla, y sólo pude conseguir 
que se sosegase un poco prometiéndole pasar con ella la mayor 
parte del tiempo. Poco dispués me casé con la finada y nos vini- 
mos a poblar en este campo. Al prinsipio todo iba bien y yo estaba 
muy contento con la nueva vida. Ocupao en la costrusión de esta 
casa, — que al prinsipio era unos ranchos no más; — entusiasmao con 
la mujersita nueva, y en fin, olvidado de todo con el siempre estar en 
las casas, hiso que no me acordara pa nada de la rubia Nemensia, 
que había tenido cuidaoide no mandarme desir nada. Pero al poco 
tiempo la muy oveja no pudo resistir y me mandó desir con un 
pión de la estansia que fuera a cumplir mi palabra. Me hise el 
sonso: no contesté; y a los cuatro días, ya medio me había olvidao 
de la rubia, cuando resibí una esquela amenasándome con venir y 
meter un escándalo si no iba a verla. Comprendí que era capás de 
haserlo, y que si venía y la patrona se enteraba, iba a ser un viva 
la patria. No tuve más remedio que agachar el lomo y largarme 
pa el Chuy, donde estuve unos cuantos días. Desde entonces seguí 
viviendo un poco aquí y un poco allá, hasta que, — yo no sé sí 

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porque se lo contó algún lengua larga, que nunca falta, o porque 
mis viajes repetidos le dieron que desconfiar, — la patrona se en- 
teró de mis enredos con Nemensia y me armó una que fue como 
disparada de novillos chucaros a media noche y sin luna. Si Ne- 
mensia era selosa, la otra, ¡Dios nos asista! . . . Sermón aquí, res- 

ponso allá, me tenía más lleno que bañao en invierno y más desa- 
sosegao que animal con bichera. Era al ñudo que yo le hisiera com- 
prender que, si no era Nemensia, sería otra cualesquiera, y que no 
tenía más remedio que seguir sinchando y avenirse con la suerte, 
porque yo era hombre así y así había de ser. ¡No, señor! ... La 

brasilera había sido de mal andar, y cuando me le iba al humo cor- 

cobiaba y me sacudía con lo que encontraba. Una vez cuasi me 
sume un cuchillo en la pansa porque le di una cachetada. ¡Gracias 
a la cuerpiada a tiempo, que si no me churrasquea la indina! Fe- 
lismente esto duró poco tiempo, porque la finada no era como 
Nemensia, que se contentaba con llorar y amenasarme con tirarse 
a la laguna: la patrona era mujer de desir y haser las cosas sin 
pedir opinión a nadies. Si derecho, derecho; si torsido, torsido: 
ella enderesaba no más y había que darle cancha como a novillo 
risién capao. Pasó un tiempo sin desirme nada; andubo cabilosa, 
pero entonces mucho más buena que antes pa conmigo, y como no 
me chupo el dedo y maliseo las cosas siempre bien, me dije: la 
patrona anda por echarme un pial; pero como a matrero y arisco 
no me ganan ni los baguales que crían cola en los espinillos del 
Rincón de Ramírez, se va a quedar con la armada en la mano y 
los rollos en el pescueso. Encomensé a bicharla, siempre hasiéndome 
el sorro muerto y como si no desconfiara nada de los preparos que 
andaba hasiendo. No tardé mucho en colegirle el juego, y... ¡fije- 
sé, amigo Sosa, lo que es el diablo! ... ¡me quedé más contento 
que si hubiera ganao una carrera grande! . . . Figuresé que la tra- 
moya consistía en haser desapareser a la rubia Nemensia! . . . 

— ¿Desaparecer, o esconder? — preguntó Sosa guiñando un ojo 
y contrayendo la boca con una sonrisa aviesa. 

Y Bentos Sagrera, empleando una mueca muy semejante, res- 
pondió en seguida: 

— Desapareser o esconder; ya verá. 

Después prosiguió: 

— Yo, que, como le dije, ya estaba hasta los pelos de la hija 
de don Juca, vi el modo de que me dejaran el campo libre al 
mismo tiempo que mi mujer hasía las pases; y la idea me gustó 
como ternero orejano. Es verdá que sentía un poco, porque era 
feo haser así esa asión con la pobre rubia; pero, amigo, ¡qué íbamos 
a haser! A caballo regalao no se le mira el pelo, y como al fin y 
al cabo yo no era quien pisaba el barro, ni era cumple siquiera, 
me lavé las manos y esperé tranquilamente el resultao. La patrona 
andaba de conversaciones y más conversaciones con el negro Caracú , 
un pobre negro muy bruto que había sido esclavo de mi suegro y 
que le obedesía a la finada lo mismo que un perro. Bueno, — me 
dije yo, — lo mejor será que me vaya pa Montevideo, así les dejo 
campo libre, y además, que si acaso resulta algo jediondo no me 
agarren en la vokiada. Y así lo hise en seguida. La patrona y 
Caracú no esperaban otra cosa, — continuó el ganadero después de 
una pausa que había aprovechado para llenar los vasos y apurar el 
contenido del suyo. — La misma noche en que bajé a la capital, el 
negro enderesó pa la estansia del Chuy con la cartilla bien apren- 
dida y dispuesto a cumplirla al píe de la letra, porque estos negros 
son como cusco, y brutasos que no hay que hablar. Caracú no tenía 
más de veinte años, pero acostumhrao a los lasasos del finao mi 
suegro, nunca se dio cuenta de lo que era ser libre, y así fue que 


^jTrnniirn^TTiTTrrrrrrqir 


siguió siendo esclavo y obedesiendo a mi mujer en todo lo que 
le mandase haser, sin pensar si era malo o si era bueno, ni si le 
había de perjudicar o le había de favoreser; vamos que era como 
mancarrón viejo que se amolda a todo y no patea nunca. El tenía 
la idea, sin duda, de que no era responsable de nada, o de que 
puesto que la patrona le mandaba haser una cosa, esa cosa debía 
ser buena y permitida por la autoridá. ¡Era tan bruto el pobre 
negro Caracú... \ ¡La verdá que se presisaba ser más que bárbaro 
pa praticar lo que praticó el negro! ¡Palabra de honor! yo no lo 
creí capás de una barbar idá de esa laya. . . porque, caramba, ¡aque- 
llo fue demasiao, amigo Sosa, fue demasiao! . . . 

El ganadero, que hacía rato titubeaba, como si un escrúpulo 
lo invadiera impidiéndole revelar de un golpe el secreto de una 
infamia muy grande, se detuvo, bruscamente interrumpido por un 
trueno que reventó formidable, largo, horrendo, como la descarga 
de una batería poderosa. El caserón tembló como si hubiera volado 
una santabárbara en el amplísimo patio; el indio Pancho Castro 
despertó sobresaltado; el forastero, que de seguro no tenía la con- 
ciencia muy limpia, tornóse intensamente pálido; Bentos Sagrera 
quedóse pensativo, marcado un cierto temor en la faz hirsuta; y, 
durante varios minutos, los tres hombres permanecieron quietos y 
callados, con los ojos muy abiertos y el oído muy atento, siguiendo 
el retumbo decreciente del trueno. El capataz fue el primero en 
romper el silencio: 

— ¡Amigo! — dijo, — ¡vaya un rejusilo machaso! ¡Este, a la 
fija que ha caído! ¡Quién sabe si mañana no encuentro dijuntiao 
mi blanco porselana. Porque, amigo, estos animales blancos son per- 
seguido po lo rayo como la gallina po el sorro! . . . 

Y como notara que los dos estancieros continuaban ensimis- 
mados, el indio viejo agregó socarronamente: 

— ¡Nu ay como la caña pa dar coraje a un hombre! 

Y con trabajo, porque tenía la cabeza insegura y los brazos 
sin fuerzas, llenó el vaso y pasó la botella al patrón, quien no des- 
deñó servirse y servir al huésped. Para la mayoría de los hombres 
del campo, la caña es un licor maravilloso; además de servir de 
remedio para todo mal, tiene la cualidad de devolver la alegría 
siempre y cada vez que se tome. Así fue que los tertulianos aquellos 
quedaron contentos: luchando el indio por conservar abiertos los 
párpados; ansioso Sosa por conocer el desenlace de la comenzada 
historia, e indeciso Bentos Segrera entre abordar y no abordar la 
parte más escabrosa de su relato. Al fin, cediendo a las instancias 
de los amigos y a la influencia comunicativa del alcohol, que hace 
vomitar los secretos más íntimos hasta a los hombres más reser- 
vados, — las acciones malas como castigo misterioso, y las buenas 
acciones como si éstas se asfixiaran en la terrible combustión ce- 
lular, — se resolvió a proseguir, no sin antes haber preguntado a 
manera de disculpa: 

— ¿No es verdá que yo no tenía la culpa, que yo no soy res- 
ponsable del susedido? 

Sosa había dicho: 

—¡Qué culpa va a tener, amigo! 

Y el capataz había agregado entre varios cabeceos: 

— ¡Dejuro que no! . . . ¡dejuro que no! . . . ¡que no! . . . ¡que 
no!... ¡no!... ¡no!... 

Con tales aseveraciones, Sagrera se consideró libre de todo re- 
mordimiento de conciencia y siguió contando: 

— El negro Caracú, como dije, y a quien yo no creía capás 
de la judiada que hiso, se fue al Chuy dispuesto a llevar a cabo 
la artería que le había ordenado mi mujer... ¡Que barbaridá! . . . 

Í«T* 


382 ras 


¡Si da frío contarlo! . . . ¡Yo no sé en lo que estaba pensando la 
pobresita de la finada! ... En fin, que el negro llegó a la estansia 
y allí se quedó unos días esperando el momento oportuno pa dar 
el golpe. Hay que des ir que era un invierno de lo más frío y de 
lo más lluvioso que se ha visto. Temporal ahora, y temporal ma- 
ñana, y deje llover, y cada noche más oscura que cueva de ñacu- 
rutú. No se podía cuasi salir al campo y había que dejar augarse 
las majadas o morirse de frío, porque los hombres andaban entu- 
midos y como baldaos del perra de tiempo aquél. ¡Amigo! ¡ni qué 
comer había! carne flaca, pulpa espumosa, carne de perro, de los 
animales que cueriábamos porque se morían de necesidá. La suerte 
que yo estaba en Montevideo y allí siempre hay buena comida 
misturada con. yuyos. Bueno: Caracú siguió aguaitando, y cuando 
le cuadró una noche bien negra, ensilló disiendo que rumbiaba 
pacá, y salió. En la estansia todos creyeron que el retinto tenía 
cueva serca y lo dejaron ir sin malisear nada. ¡Qué iban a malisear 
del pobre Caracú, que era bueno como el pan y manso como vaca 
tambera! Lo embromaron un poco disiéndole que. churrasqueara a 
gusto y que no tuviera miedo de las perdises, porque como la noche 
estaba de su mismo color, ellos se entenderían. Sin embargo, uno 
hiso notar que el moso era prevenido y campero, porque había 
puesto un maniador en el pescueso del caballo y otro debajo de 
los cojinillos, como pa atar a soga, bien seguro, en caso de tener 
que dormir a campo. Dispués lo dejaron marchar sin haber lograo 
que el retinto cantara nada. Caracú era como bicho pa rumbiar, 
y así fue que tomó la diresión del rancho de la rubia Nemensia, 
y al trote y al tranco, fue a dar allá, derechito no más. Un par de 
cuadras antes de llegar, en un bajito, se apió y manió el caballo. 
Allí, — el negro mismo contó después todos, pero todos los de- 
talles, — picó tabaco, sacó fuego en el yesquero, ensendió el s igarro 
y se puso a pitar, tan tranquilo como si en seguida fuese a entrar 
a bailar a una sala, o pedir la maginaria pa paliar de volcao en la 
puerta de una manguera. ¡Tenía el alma atravesada aquel pica- 
ro! . . . Luego dispués, al rato de estar pitando en cuclillas, apagó 
el pucho, lo puso detrás de la oreja, desprendió el maniador del 
pescueso del caballo, sacó el que llevaba debajo de los cojinillos 
y se fue caminando a pie, despasito, hasta los ranchos. En las casas 
no había más perros que un cachorro barsino que el mismo negro 
se lo había regalao; así fue que cuando éste se asercó, el perro no 
hiso más que ladrar un poquito y en seguida se sosegó recono- 
siendo a su amo antiguo. Caracú buscó a tientas la puerta del 
rancho, la sola puerta que tenía y que miraba pal patio. Cuando 
la encontró se puso a escuchar; no salía ningún ruido de adentro: 
las gentes pobres se acuestan temprano, y Nemensia seguro que 
roncaba a aquellas horas. Dispués con un maniador ató bien fuerte, 
pero bien fuerte, la puerta contra el horcón, de modo que nadie 
la pudiera abrir de adentro. Yo no sé cómo la ató, pero él mismo 
cuenta que estaba como pa aguantar la pechada de un novillo. En 
seguida rodió el rancho, se fue a una ventanita que había del otro 
lao y hiso la misma operasión. Mientras tanto, adentro, la pobre 
rubia y sus tres cachorros dormían a pierna suelta, seguramente, 
y en la confianza de que a rancho de pobre no se allegan matreros. 
¡Y Nemensia, que era dormilona como lagarto y de un sueño más 
pesao quel fierro! . . . Dispués -de toda esta operasión y bien seguro 
de que no podían salir de adentro, el desalmao de moreno. . . — ¡Pá- 
rese mentira que haiga hombres capases de haser una barbaridá de 
esa laya! ... — Pues eí desalmao del moreno, como se lo cuento, 
amigo Sosa, le prendió fuego al rancho por los cuatro costaos. En 
seguida que vio que todo estaba prendido y que con la ayuda de 



un viento fuerte que soplaba, aquello iba a ser como quemasón 
de campo en verano, sacó el pucho de atrás de la oreja, lo en- 
sendió con un pedaso de paja y se marchó despasito pal bajo, 
donde había dejao su caballo. Al poquito rato empesó a sentir los 
gritos tremendos de los desgrasiaos que se estaban achicharrando 
allá adentro; pero así y todo el negro tuvo alma pa quedarse clavao 
allí mismo sin tratar de juir! ¡Qué fiera, amigo, que fiera! . . . 
¡En fin, hay hombres pa todo! Vamos a tomar un trago... ¡Eh! 
¡don Pancho! . . . ¡Pucha hombre flojo pa chupar! . . . Pues, como 
desía, el negro se quedó plantao hasta que vio todo quemao y todo 
hecho chicharrones. Al otro día mi compá Manuel Felipe salió 
de mañanita a recorrer el campo, campiando un caballo que se le 
había estraviao, se allegó por la costa y se quedó pasmao cuando 
vio el rancho convertido en escombros. Curiosió, se apió, removió 
los tisones y halló un muchacho hecho carbón, y dispués a Nemensia 
lo mismo, y no pudo más y se largó a la oficina pa dar cuenta del 
susedido. El comisario fue a la estansia pa ver si le endilgaban algo, 
y en cuanto abrió Ja boca, el negro Caracú dijo: 

— ¡Juí yo! 

No lo querían creer de ninguna manera. 

— ¡Cómo que fuistes vos! — le contestó el comisario; — ¿te 
estás riendo de la autoridá, retinto? 

— No, señó; ¡juí yo! 

— ¿Por qué? 

— Porque me mandó la patrona. 

— ¿Que quemaras el rancho? 

—Sí. 

— ¿Con la gente adentro? 

— ¡Dejuro! ... ¡y pues! 

—¿Y no comprendés que es una barbaridá? 

— La patrona mandó. 

Y no hubo quien lo sacara de ahí. 

— ¡La patrona mandó! — desía a toda reflesión del comisario 
o de los piones. Así fue que lo maniataron y lo llevaron. Cuando 
supe la cosa me pasó frío, ¡amigo Sosa!. . . Pero, dispués me quedé 
contento, porque al fin y al cabo me vi libre de Nemensia y de 
los resongos de la finada, sin haber intervenido pa nada. ¡Porque 
yo no intervine pa nada, la verdá, pa nada! 

Así concluyó Bentos Sagrera el relato de sus amores; y luego, 
golpeándose los muslos con las palmas de las manos: 

— ¡Eh! ¿que tal?... — preguntó. 

Don Brígido Sosa permaneció un rato en silencio, mirando al 
capataz que roncaba con la cabeza sobre la mesa. Después, de 
pronto: 

— Y el negro, — dijo, — ¿qué suerte tuvo? 

— Al negro lo afusilaron en Montevideo, — contestó tranquila- 
mente el ganadero. 

— ¿Y la patrona? . . . 

—La patrona anduvo en el enredo, pero se arreglaron las cosas. 

— ¡Fue suerte! 

— Fue. Pero también me costó una ponchada de pesos. 

Don Brígido sonrió y dijo zalameramente: 

— Lo cual es sacarle un pelo a un conejo. 

— ¡No tanto, no tanto! — contestó Bentos Sagrera fingiendo 
modestia. 

Y tornó a golpearse los muslos y a reir con tal estrépito, que 
dominó los ronquidos de Castro, el silbido del viento y el continuo 
golpear de la lluvia sobre el techo de sinc del gran galpón de los 
peones. 


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La contracara de la modernización económica del 
último tercio del XIX la ofrecieron los escritores 
que retrataron tipos y costumbres del campo uru- 
guayo de la época. Los cuatro mayores de ese ciclo 
- Santiago Maciel, Manuel P. Bernárdez, Carlos 
Reyles y Javier de Viana - componen este cuadro 
de bravia intensidad. 


ENCICLOPEDIA 



Copyright Editorial ARCA S. R. L., Colonia 1263, Montevideo. 
Impreso en Uruguay en Impresora Uruguaya Colombino S. A., 
Juncal 1511, Montevideo. Diseño, Artegraf. Edición amparada 
en el Art. 79 de la ley N9 13.349. (Comisión del Papel). 
Diciembre de 1968. 


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